
Hace unos días tuve el placer de asistir a dos sesiones sobre innovación, pero con enfoques diferentes.
La primera tuvo lugar en ESADE Creápolis. Esta sesión tenía un enfoque puramente tecnológico y hablaron sobre lo que se nos viene encima con las nuevas posibilidades que ofrecen la Realidad Aumentada, el Kinect, tecnologías 3D, mundos virtuales, etc...
La segunda, un día después, tuvo lugar en un hotel de Barcelona y era una nueva sesión del Co-Society organizado por Infonomia (Alfons Cornella), mucho más orientada a conceptos, procesos y tendencias de innovación más a nivel de su afectación de la conducta humana.
Particularmente ambas me interesaron, pero la segunda tiene para mí una especial relevancia ya que entre las muchas cosas interesantes que se dijeron se comentó que una de las tendencias es volver a trabajar en la dirección de la felicidad, de hacer a la gente más feliz.
Traduciendo; aquellos productos que transmitan más felicidad a sus consumidores tendrán más éxito. Si un producto o servicio no transmite felicidad a la persona que lo experimenta, o dicha percepción es muy débil tendrá menos posibilidades de ser vuelto a consumir que otro con las mismas características.
Aunque esta reflexión parece una obviedad, y probablemente lo es, es todavía más obvio que pocas empresas siguen tratando al consumidor con una orientación de hacerlo más feliz en su relación con él.
El marketing actual todavía parece muy orientado a ver al ser humano como un consumidor sin sentimientos, como si de una máquina de consumir se tratara. La jornada con Alfons Cornella me hizo reflexionar sobre la necesidad de reorientar el marketing y la relación empresa-consumidor y empresa-empleado hacia relaciones más humanas, espacios donde tenga cabida la felicidad, el pasárselo bien en la relación con la empresa y con la marca.
Si uno se fija, una de las principales conclusiones del Social Media Marketing es precisamente que el consumidor no es sólo una máquina de consumir, sino una persona con la quién conversar, compartir (sensaciones, experiencias, etc...).
Creo personalmente que efectivamente es ya imprescindible un nuevo marketing, el marketing de la felicidad, de los sentimientos. El marketing que primero se pregunta cómo hacer más feliz al cliente con el producto o servicio, cómo mejorarlo para hacerlo más feliz, etc...
En mi opinión (y coincido plenamente aquí con los budistas) el ser humano a nacido para ser feliz (o intentarlo). Más allá de las relaciones interpersonales, en la esfera más transaccional y económica hemos de reorientar el marketing para que genere más felicidad. Evidentemente la innovación en este sentido también afecta al propio producto y servicio ofrecido, el cual también deberá adaptarse y orientarse a ser capaz de producir más felicidad al que lo consuma.
Más que vender productos o servicios deberemos empezar a pensar en vender ilusión o lo que en inglés le han venido a denominar happiness boosters (aceleradores de felicidad).
La felicidad tiene plazos y duración... a corto plazo es placer, a largo plazo es sentido... hay productos que ofrecen felicidad a corto plazo y otros a medio-largo plazo.
Hay empresas que empiezan a platearse hacer productos que logren provocar felicidad por lo menos durante 7 generaciones... ¿y la tuya?.
También se está descubriendo que la dispersión genera infelicidad (probablemente porque va asociada al estrés).
En definitiva, vamos hacia el marketing de lo simple, sencillo, fácil, alegre, lenguaje transparente, ilusionante, interactivo (que integre y haga participar al usuario/cliente)...
Siempre he dicho que no hay clientela más exigente que el público infantil, porque enseguida te dice (a la cara) si lo que le ofreces es bueno o no... y ahí está Disney generando felicidad durante más de 50 años, un ejemplo de producto y marketing de la felicidad... en este sentido no se si se trata tanto de innovar el concepto, que existe desde hace lustros, sino más bien de adaptar lo que hacemos a ese concepto, porque nos hemos desalineado.
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